
Pero también fue un dolor, un apretón en la guata mientras esperaba saber cómo terminaría la historia, qué había visto en los ojos de esa bruja- compañera de todas las visiones. Un padre que amó a su único hijo, pero que estuvo ausente construyendo mundos lejanos a su hogar, y que le contó todo al pequeño, al adolescente, al adulto, que no perdonaba sus viajes, la barrera en que se convertían sus narraciones cuando él esperaba otras palabras. En el filme este hijo finalmente comienza a comprender quién fue su padre y a valorarlo.
Tomé la mano de Cristian con firmeza, como buscando un refugio a la invalidez que me producía el término de la película, las luces que mostraban mi cara, que seguramente traslucía la vergonzosa emoción que no me dejaba hablar como siempre. Estaban también Carlos y Víctor, aunque este último se fue antes de que las luces se prendieran. Había que disimular. Cristian me preguntaba si mi padre contaba historias y claro que lo hacía, sé de sus pellejerías cuando era estudiante de la Chile en Santiago, un estudiante pobre, provinciano, tratando de abrirse camino. De las dificultades durante el tiempo que fue juez, de su gran época de farras y derroche que le costaron su primer matrimonio, y de otras tantas cosas que siempre emprendió por la vida como un soñador.
Mi padre no fue un tipo normal, de esos que tienen un trabajo fijo y un horario. Puedo recordar sus gritos, las peleas con mi madre, su forma a ratos idealista de retratar el mundo y otras tantas, desencantada. Un club de amigotes que siempre frecuentó la casa, haciendo de los almuerzos un verdadero momento social cada día, y aumentando a través de los años la dosis de vino necesaria para continuar viviendo. Sí, él era más bien un pastel, capaz de dejar cualquier cliente, cualquier trabajo, cualquier ciudad. He vivido en la mitad de las ciudades de Chile por esa extraña afición de mi padre de fracasar e intentar volver a empezar en otro lugar. Tal vez por eso me conecto tanto con el poema de Kavafis “No busques otra ciudad, no la hay, la vida que aquí has destruido la has destruido en todo el mundo”.
Mi padre nunca fue perfecto, aunque durante algunos años producto de la niñez pensé que casi lo era. O que así eran todos los padres. Casi siempre fue mi apoderado, nunca que yo recuerde me ayudó en las tareas pero me entregó mucho conocimiento, un mundo lleno de cuentos, libros, puzzles, su diaria lectura de El Mercurio –del que desconfiaba profundamente pero no podía evitar - me compró mis primeros zapatos de tacos y me habló de todo lo que generalmente se preocupan las madres. Era estricto sí, incluso demasiado para la adolescente rebelde que fui cuando lo culpé de todo, cuando odió mi militancia, mis amigos, mis lecturas. Ver el hombre que realmente era fue difícil: un marginal, con problemas con el alcohol, un soñador, capaz de grandes cosas pero también de ruindades.
El contaba historias y describía el mundo a su medida. Siempre pensando en hacerse rico con alguna de las minas de oro que tuvo, detestando su profesión, el mundillo de sus colegas, pero capaz de trabajar gratis cuando consideraba que había una buena causa que defender y a ciencia cierta, no sé si alguna vez alguno de esos esfuerzos prosperó. Sí, detesté su forma de vivir y de entender la vida.
Nunca se dejó atrapar. Ni por mi madre, ni por mí, sus nietos o cualquiera de esas cosas que para los otros surten el efecto de un ancla. Así que un día me dejó a mi madre en mi casa, él se quedó otro tanto en su viejo hogar, hasta que se fue en busca de otra ciudad, otra vida, otras cosas. Un buen tiempo no le hablé, pero después -como también le pasó al protagonista de la película- entendí que hay personas a las que no es posible comprender, sólo se puede perdonarlas y quererlas. Así es un gran pez.