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jueves, junio 29, 2006

Tras los pasos de José Miguel

A todos los que se expusieron, sin importarles los costos.
Eran tiempos difíciles y todos los sabíamos. El año decisivo, en que a punta de protestas y movilizaciones la dictadura debería caer. José Miguel era uno de los nuestros, él se decía mirista, algo raro entre tanta fauna partidista, yo sospechaba que era un destacado miembro de la dirección de este movimiento revolucionario a pesar de su corta edad, ya que no pertenecía a la Juventud Rebelde Miguel Enríquez como habría correspondido, como los otros locos que andaban por ahí rayando las paredes de Macul o del pedagógico.
Era como todos: flaco, pelo largo, morral, chalecos de lana e imposible de distinguir su origen social. La moda de la izquierda en ese tiempo tenía esa ventaja, de hacernos parecer a todos iguales disimulando nuestra pobreza, y había que hacer esfuerzo para distinguir que una de las compañeras era artesa con Hush Pupies y blue jeans Levis. Para los que andábamos pendientes de las cosas verdaderamente importantes, como derrocar a la dictadura. Quedaba poco tiempo para nosotros, para estudiar y sacar la carrera, algo tan burgués en un año tan importante, y menos aún para divertirnos y desarrollar esas vidas personales. Tampoco para darnos cuenta de quién tenía más recursos. Claro, igual nos enamorábamos, salíamos y carreteábamos en las peñas y después de todo la adrenalina nos motivaba en las protestas, podíamos sentirnos que éramos parte de algo y eso pesaba para bien. Así lo demostrábamos en cada una de las asambleas universitarias donde discutíamos –previas instrucciones de nuestras direcciones partidarias- lo que vendría.
El pedagógico tenía la misión de dar la señal. Si la idea era que las protestas fueran grandes e intensas, el peda tenía que hacer una gran protesta unos tres días antes. Eso estábamos discutiendo en la asamblea cuando el futuro comenzó a ennegrecerse para José Miguel. No sé cómo se dio cuenta, tal vez eran demasiado robustos, pero él llamó a unos cuantos, entre esos a mí, y detuvo la reunión diciendo que habían infiltrados. Los encaró mientras los otros los inmovilizábamos. No eran más de diez en una reunión con más de cien universitarios.
Ellos dijeron ser de la Chile, que los habían enviado para ponerse de acuerdo.
- Entonces tú dimes de qué partido político eres – les dijo José Miguel.
- Soy del partido Socialista Miguel Enríquez.- respondió uno de los infiltrados, que parecía ser el líder.
Con más seguridad ante la confusión del infiltrado que no sabía con exactitud que ninguno de los numerosos partidos socialistas se llamaba así, fueron revisados. Uno de ellos portaba una tim de escuela de paracaídismo. Dos de ellos lograron arrancar hacia la rectoría y no fue posible sacarlos de ahí, territorio enemigo, pero los otros tres fueron llevados por nuestros compañeros en un taxi hacia la comisión de derechos humanos. El taxista fue muy valiente, uno de esos anónimos que cooperó con la causa, logró evadir al volvo de la CNI que lo persiguió durante cuadras.
Los infiltrados fueron fotografiados y dejados en libertad en la comisión de derechos humanos. No volvimos a saber de ellos.
Días más tarde estábamos en la protesta más grande que hasta entonces habíamos desarrollado. Era julio. Los secundarios hacían de las suyas, llegando al pedagógico, mientras que el cordón Macul estaba en su auge, los de Ciencias de la Chile y los del IPS estaban defendiendo su territorio, mientras nosotros también hacíamos lo propio. Una molotov quemó al militar a cargo de la disuasión, y entonces militares y carabineros tomaron la decisión de entrar con tanquetas al pedagógico.
Estábamos adentro, ya todos corrían y algunos buscaban refugio. La dirección de la toma estaba en un estanque de agua y había dado la orden de dispersarse y buscar refugio. A los secundarios los escondieron en el ciclotrón, junto con la dirección. Algunos universitarios comenzaron a salir por el portón, hasta que un carabinero cerró la puerta y gritó “están todos arrestados”.
El cepillo, que como siempre vendía cigarros a diez pesos, sólo atinó a gritar “cigarros a $20”. Me reí en medio de la desgracia que veía venir. Nada más que hacer, así que procedimos lentamente a entrar al bus de carabineros. Para nuestra sorpresa no nos pegaron, nada de lumas ni de otras brutalidades tan acostumbradas.
Llegamos a la comisaría del sector, la 18. Éramos casi 300. Nos tenían a todos en fila cuando se paró un furgón de donde comenzaron a salir encapuchados. Pensé que eran más detenidos, jóvenes, algunos chascones, como nosotros, pero me di cuenta de mi error cuando comenzaron a pasear con total libertad circulando frente a nuestra fila, mirándonos con sus ojos llenos de ira. Buscaban amedrentarnos y por supuesto reconocer a alguno que seguramente ya tenían identificado. No sé por qué no lo asocié inmediatamente con el incidente de los infiltrados.
Pero José Miguel pensaba más rápido. Estaba al lado mío y nos dijo que miráramos con atención al que venía porque le iba a quitar la capucha. Pensamos que estaba bromeando, después de todo quién podría hacer algo así en las circunstancias en que nos encontrábamos. Pero era verdad, me dije al ver la cara de uno de los infiltrados tras el rápido movimiento que José Miguel hizo dejando su rostro totalmente descubierto. El CNI se urgió y tres de los que estaban más cerca se tiraron sobre él. José Miguel resistió, a golpes y forcejeos se lo llevaron. No me sentí bien, como tampoco los demás cuando ya no estaba, sin haber hecho nada por defenderlo.
Estábamos detenidos, teníamos miedo, y carabineros nos vigilaban con sus pistolas. Hacer algo habría sido simplemente suicida. No nos importaba tanto la vida, nos exponíamos sabiendo los costos posibles, pero algo muy distinto era transformarnos en carne de cañón.
El comisario se enteró de la ausencia de José Miguel y ordenó a los encapuchados que se fueran de su comisaría. José Miguel volvió moreteado, pero satisfecho. Al verlo sentí orgullo, y me sentí raramente desvalido, con un tanto de temor recorriéndome el cuerpo.
A los dos días la mayoría estaba fuera. Los 31 que quedábamos fuimos trasladados a la comisaría 19, la de providencia, donde el trato fue mejor. Escuchábamos a la Manola Robles en la Radio Cooperativa, y los pacos también, a pesar del río mapocho que se había desbordado y que estábamos sin agua, incomunicados y en un calabozo estrecho y maloliente. Sólo por la Manola Robles nos esterábamos de nuestra situación. En uno de sus despachos dijo que 31 estudiantes universitarios detenidos habían pasado a la fiscalía militar. Eso significaba cargos graves por terrorismo. Nos contamos. Ahí nos dimos cuenta que éramos 31 y que nuestra situación era grave. Pensé en mi madre, en mi padre, en lo que dirían porque su hijito estaba detenido, incomunicado y quizás qué vendría después.
Nos llamaron a un examen médico. La lista incluía a trece, el presidente de mi carrera, varios de los dirigentes más connotados y por supuesto José Miguel. A mí también me llamaron al último, iba llegando al carro cuando un paco me preguntó que qué hacía allí y le dije que me habían llamado para el examen. “Anda al calabozo no más cabrito, ese carro ya está muy lleno” me dijo y volví a la celda sin hacer preguntas, sin pensar en nada.
Los compañeros no volvieron. Pasaron los días y no regresaban, mientras comenzaron señales alentadoras como dejarnos tener visitas. Recibí a mi madre enojada, llorosa y prometiéndome que me volvería a mi ciudad si salía de ésta, aunque no fuera nunca un profesional. Me dio mucha pena, pero no me detuve en eso, porque los hechos eran demasiado rápidos, todo incierto y difuso. Lo único claro es que teníamos una causa, una misión, un objetivo que llevar a cabo. Los sentimentalismos estaban de más.
Activistas de derechos humanos se preocuparon que tuviéramos mucha comida, frutas, galletas, bebidas y cigarros que los pacos dejaban pasar, mientras afuera hacían vigilias día y noche para que ninguno de nosotros volviera a desaparecer.
Casi una semana después nos soltaron, con cargos en la fiscalía militar, un proceso que no sabíamos a donde nos conduciría. Nuestros compañeros nunca volvieron a la comisaría, pero días después los soltaron. Supe por el presidente de mi carrera que los habían llevado al cuartel Borgoño de la CNI, los torturaron e hicieron lo posible porque “cantaran” de todo. José Miguel fue el más maltratado, con corriente, golpes, y vejaciones que lo hacían verse años más viejo, con sus ojos ahora desencajados. Los compañeros dijeron que no habló.
José Miguel denunció que lo había retenido un grupo en las afueras de la universidad, en una asamblea. Su discurso fue como siempre claro, ilustrado, sólido. Luego en el casino contó que lo habían sacado de la pensión en la noche y lo habían devuelto en la mañana tras los golpes y la corriente. Poco a poco comenzó sólo a hablar de los CNI que lo perseguían, de los chequeos que se hacía para darse cuenta que estaba siempre con “cola”, un tipo afeitado que andaba tras sus pasos.
Mi madre cumplió a los pocos días su amenaza y dejándome sin el escuálido financiamiento que tanto le costaba a mi familia, me obligó a volver al norte. Lloré mis sueños de ser profesional y pensé que ya no habría otra oportunidad mientras comenzaba a hacerme a la idea de buscar un trabajo. Volví a Santiago unos meses más tarde, después del atentado, y descubrí que algo se había apagado entre mis compañeros. Varios ya no estaban, algunos presionados por sus familias, otros asustados por la represión.
José Miguel vagaba, había dejado la carrera, incapaz de concentrarse en algo, de volver a ser el alumno brillante que discutía con los profesores. Ahora hablaba de los tipos que lo perseguían, de las constantes retenciones, su discurso ya no era claro y no convencía nadie después que un siquiatra lo había declarado loco.
Yo también pensé que era cierto, pero años más tarde dudé de la siquiatría cuando descubrí a uno de los infiltrados en mi ciudad, siguiéndome. En vez de tratar de evadirlo lo enfrenté, con el miedo transformado en rabia que me envalentonó para gritarle que qué quería. El se rió, sacó un cigarro de su chaqueta y me aconsejó que no me olvidara de José Miguel, el loco, porque ya se había encargado de uno, pero todavía le quedaban más en su lista. Y yo era uno de ellos. Intenté golpearlo, pero él me derribó y me mostró su pistola sobre mi sien. Nos veremos, me dijo y se fue.
Nunca más volví a verlo.
Pd: Por más que he intentado, no he logrado subir la imagen.

martes, febrero 28, 2006

Me enteré por el diario


(Cuento)

El Viejo Abogado despertó producto de la sed. No tenía su habitual vaso de limonada en el velador, que sólo él preparaba, tal vez se había ido a la cama demasiado ebrio para hacer ese esfuerzo. Dormía cada tarde en su cama de dos plazas, en esa vieja casa que su madre había construido con adobe y estuco y que él intentaba rehacer en cemento, pero que nunca avanzaba porque mejor la cocina allá o un galpón para arrendar, para luego arrepentirse y comenzar de nuevo en algún otro lado.
El Viejo Abogado tenía el alma más cansada que el cuerpo. A nadie se lo reconocería y tampoco nadie lo imaginaría ya que a pesar de su prominente barriga se le veía caminando erguido, sin que los signos de la edad se delataran en sus pasos, en su amabilidad diaria con conocidos y desconocidos que rápidamente se transformaba en furia, gritos e insultos cuando algo lo frustraba o lo alteraba. Y era bastante fácil hacerlo.
Se le veía cada mañana salir relativamente temprano y al medio día volver con bolsas, su infaltable ladrillo de vino tetrabrink y su amigo de la infancia, para cocinar y almorzar. Hace rato que todo lo que quedaba de su familia se había esfumado, tal vez producto de ese carácter y esa afición al vino que él no recordaba o que utilizaba a diario como la mejor amnesia, para seguir aguantando la vida que había construido. Su amigo salía a media tarde de esa casa, con la cara de un rojo oscuro, la mirada perdida y pasos vacilantes.
En medio de esa rutina algo trabajaba, lo que caía. Personas dispuestas a escuchar sus sermones, incluso retos, los que no se horrorizaban porque no tuviera una oficina, secretaria, ni que la única forma de ubicarlo fuera su casa. Mirar su escritorio era horrorizarse por el desorden, una vieja máquina de escribir ubicada sobre una mesa en la misma pieza donde estaba el comedor y un bufete, separados sólo de la siguiente pieza por una cortina. El antiguo comedor tal vez era el único vestigio de que alguna vez fue un abogado rentable, con un nombre conocido, quién imaginaría que había sido juez, con esa mesa señorial y un bufete parte del juego que desentonaban absolutamente con la vivienda, ubicada en un sector populoso y hasta calificado como peligroso.
Pero el Viejo Abogado no estaba para esas sutilezas. Se conformaba con tener un buen corazón y atender a varios que habrían terminado en la Corporación de Asistencia Judicial si no hubiera sido por él. Claro que muchos igual acababan en la corporación, después de una pelea o cuando descubrían que él había olvidado uno de esos tantos trámites que los juicios implicaban. Pero a veces ganaba, y los clientes le llevaban cajones de tomates o sandías como para llenar una pieza. Ahora tenía dos cajas de uva y había preparado chicha, porque siempre se mantenía activo, regando plantas, carpinteando o con cualquier cosa que pudiera agregar algo a su casa.
Ahora tenía un caso difícil. Se trataba de una mujer golpeada por el bruto de su marido, con hijos y cero idea de cómo trabajar y mantenerse sola. Ella lo había buscado, había llorado en su oficina-comedor mientras le hablaba de sus miedos, los moretones, y los dolores más profundos. El se comprometió a ayudarla, pero le advirtió que no sería fácil.
El Viejo Abogado logró que detuvieran al marido, lo soltarían luego, estaba seguro, y por lo mismo pidió medidas de protección para la mujer, que obligaran al esposo a irse lejos de la casa, no acercarse y dejarla en paz. Ahora, que estaba detenido, esperaba que los tribunales fallaran rápido porque si no, las cosas podían ir mal si la mujer tenía que enfrentar la furia del marido.
Estaba en la cocina cuando oyó los golpes en la puerta. Se acercó preguntando acerca de quién era el impaciente que tocaba así, pero nadie respondió. Y aunque era media tarde, el asunto le olió mal, así que más por instinto que lógica fue a buscar su antiguo revólver. Abrió la puerta y ahí estaba el marido furioso, con una navaja que le mostró mientras le gritaba que qué tenía con su mujer, con groserías le recalcaba que si la había llevado a la cama para querer encarcelarlo y meterse en lo que no le importa. Total él era un hombre que sabía como tratar a las mujeres para que no actuaran como putas, porque todas lo eran.
El marido furioso dio mal un paso al intentar acuchillarlo y el Viejo Abogado sacó su revólver. Gritó como siempre, le dijo que mejor se fuera de su casa y dejara en paz también a la pobre mujer y a sus hijos, total él no tenía miedo y esto lo sabrían en tribunales, porque él era un abogado en cambio y el otro sólo un pobre infeliz sin educación ni sentimientos. Pensó en disparar y arreglar así las cosas, después de todo el tipo lo había amenazado con un cuchillo que todavía tenía en su mano, podría argumentar defensa propia y tal vez así esa mujer quedara por fin tranquila.
Pero se vio a sí mismo en una comisaría, luego en la cárcel y en un tribunal argumentando la defensa propia y pensó que no le gustaba el rol de acusado, prefería la defensa o ser el acusador. Así que lo echó y cerró la puerta.
Un teléfono, que falta le hacía un teléfono. Se arregló y miró hacia fuera. Tenía miedo, estaba alterado y sus manos temblaban. Así que esperó unos minutos, y con el revólver en el bolsillo salió a la calle. No había nadie. Tampoco en la casa de la vecina que siempre le prestaba el teléfono. Por supuesto que no tenía celular y ninguna intención de adquirir uno de esos aparatos impertinentes que ponían nervioso a cualquiera.
El Viejo Abogado caminó más de cinco cuadras hasta que encontró un teléfono, llamó a carabineros y se identificó, contándoles lo que había sucedido y su preocupación por la mujer, les pidió que fueran urgentemente a verla, porque el marido furioso seguramente se desquitaría con ella.
Se fue inquieto de vuelta a su casa. Mejor cerró la puerta con tranca y resintió en su estómago el golpe de darse cuenta de lo fácil que era entrar a su casa por el patio. Así que cerró las puertas que daban al patio con cerrojo y sillas, y se preparó a pasar una mala noche.
De madrugada comenzó un escrito relatando los hechos, que a la hora de inicio de atención de los tribunales ya tenía listo. No encontró ni una sola moneda que lo llevara hasta allá, así que pasó a la casa de su amigo de infancia a pedirle algo de dinero y sobre todo compañía. El amigo lo esperó afuera mientras el Viejo Abogado hablaba con la jueza a cargo del caso, quien con su mejor sonrisa le prometió que actuarían con diligencia para decretar nuevas medidas y traer nuevamente al marido furioso a tribunales, que le darían un escarmiento a ese hombre.
Pero cuando llegaron al centro y en el kiosco de la plaza vio los titulares sangrientos de los diarios locales tuvo el mal presentimiento que ya era demasiado tarde. Al abrir las páginas y leer la noticia, vio confirmadas sus sospechas. El tipo estaba detenido, claro, Carabineros había llegado a sólo minutos que él la acuchillara tan ferozmente que nada pudo hacerse para salvarla.
En la noticia, consignaban la cantidad de cuchilladas que le habían perforado los pulmones, los pechos, la carótida, y lo narraban como un crimen pasional ya que la mujer quería dejarlo y hasta había iniciado acciones legales para expulsarlo del hogar. Argumentaban que el marido furioso decía que era una cualquiera, que estaba seguro que había otro.
El Viejo Abogado se sentó en la plaza y se arrepintió de no haberle disparado, y le dijo a su amigo “compadre, por estas cosas es que odio mi profesión, uno piensa que puede ayudar y al final probar lo obvio puede ser tan difícil que no sirve de nada”.
El amigo se quedó pensando y le dijo que él había echo lo que podía y más, y lo invitó mejor a comprar las cosas para el almuerzo. Esa tarde tomarían el mejor vino.

miércoles, agosto 17, 2005

La Conspiración De Las Arañas



(Cuento)

De niño siempre le temiste a las arañas, aunque en principio ese miedo no era muy distinto a los que sentías frente a la oscuridad, a las amenazas sobre el viejo del saco que casi podías ver al cerrar los ojos, o lo que te producía la serie de vampiros por la que trasnochabas para observarla, además, con el temor a que tus padres se dieran cuentan que no dormías en tu cama y violabas la prohibición. Pero el resto de los temores fue desapareciendo para transformarse en recuerdos, parte de las fantasías infantiles que cada niño va dejando atrás hasta aparecer el hombre, que sólo tiembla ante sus frustraciones o aquellos dioses en los que ha puesto su fe. Todo del mundo más o menos real.
El miedo a las arañas, en cambio, se fue metiendo de diversas formas en ti, haciéndose más fuerte. Las peores pesadillas eran con ellas y en las clases de biología odiabas los experimentos donde debías contemplarlas para estudiarlas con horror.
Te levantaste esa mañana, como muchas otras, tirando hasta atrás las sábanas para mirarlas con detención. Tomaste la toalla, antes de llegar a la ducha, sacudiéndola lo suficientemente alejada de tu cuerpo como para que, en caso de caer una araña, no pudiera recorrer tu piel con sus despreciables patas.
En la ducha no cantaste, tus ojos recorrían las paredes, gozando de uno de los pocos momentos del día en que realmente te sentías seguro, porque ninguno de esos insectos podría atacarte mientras el agua corriera por tu cuerpo. Por eso alargabas la ducha, salir de ahí para ti era casi un parto, abandonar la calidez y la protección, volver a dejar lo más parecido al cómodo útero materno cada mañana para dar la soterrada lucha por seguir vivo.
Nuevamente sacudiste la toalla, no sin antes volver a mirar las paredes, el techo, el piso, sin atreverte a pisar la toalla de pies por el miedo a su mullida condición –nido ideal para arañas-, definitivamente la sacarías. “Convivimos con cientos o miles de enemigos, arañas que en cualquier minuto nos pueden matar con su veneno. Viven con nosotros, hacen nidos en nuestros techos, en los closets, transitan por nuestra ropa, por los muebles, por el lugar donde dormimos – te repetías mientras te ponías lentamente la ropa-. Ellas optan por pasar inadvertidas y subrepticiamente morder a alguien de vez en cuando, ojalá que nosotros no lo notemos, y atribuyamos la enfermedad a otra causa, o le echemos la culpa al médico que no reconoció de que se trataba. Estoy seguro que tienen un plan, que no actúan por un instinto irracional de arácnidos o insectos. ¿Han visto la cantidad de ancianos que mueren en todos los lugares del mundo cuando viven solos? Son ellas, las arañas las que los atacan como parte de su plan de exterminio o su venganza hacia la raza humana. Se abalanzan sobre la piel del viejo que ya no puede revisar bien sus ropas, las arañas se pueden pasear con más tranquilidad frente a sus narices, hacer nidos bajo las camas que dificultosamente limpian dejándoles más espacio. Cuando sienten que ya pueden pasearse por cualquier lugar sin miedo, entonces atacan al indefenso anciano, produciéndole una muerte constatada días después, muchas de ellas sin una autopsia que aclare lo acontecido. Así operan.”
En realidad nadie podría haberte refutado que convivíamos con arañas peligrosas en nuestras casas, en los trabajos, en el comercio. Estaban por todas partes con su veneno, pero todos nos olvidábamos de su presencia y de su peligrosidad, hasta que cada cierto tiempo alguna noticia sobre una muerte por lapsoceles lezaeta nos hacía ver que había una amenaza cerca de cada uno de nosotros. Pero escucharte hablar de que tenían una táctica y una estrategia y que en realidad nos enfrentábamos a una silenciosa guerra, como tú pensabas, era algo increíble para quienes habían invisibilizado a este enemigo con siglos de guerras, amenazas que venían de la economía, de la cesantía, de la delincuencia. Era para mandarte a un sicólogo, siendo benevolente, o a un siquiatra.
En el bar tenías fama del tipo que le teme a las arañas, con un par de copas hablabas del enemigo, pero se trataba de un lugar donde simplemente lo atribuían al efecto del alcohol en tu cerebro, una especie de delirium tremens, o una rutina aprendida para llamar la atención. Pero empezaste a hablar más de este plan, hasta escribiste un largo tratado sobre cada una de las actuaciones de las arañas. Venciste tu temor a las bibliotecas, pero con repelente en tu piel – en el que tampoco confiabas demasiado- investigabas, buscando evidencias en la historia sobre aquellas muertes poco claras o que podrían haber sido disfrazadas. Mirabas el obituario cada día y comenzaste a llamar, a buscar las causas de las muertes.
Después de tres meses donde te olvidaste de tus obligaciones laborales para sólo asistir en cuerpo, dijiste que tenías las pruebas. Entonces diste entrevistas a los diarios, llamaste a cuanto programa de radio te dio el espacio, haciendo el ridículo y logrando una baja de sintonía que muchos presentían, para entonces cortésmente colgarte y luego marcar el número para ordenarle a producción que no volviera a pasar una llamada de ese loco.
“Las arañas están atacando a los niños, especialmente a las guaguas, esas variaciones a los virus no son reales, simplemente diagnósticos errados. Las personas discapacitadas también mueren de pronto, su promedio de vida no se debe a causas físicas, sino al plan de ellas. Los pobres son su mejor alimento. Nos están controlando, quieren que seamos menos” decías en una de las proclamas que publicaste en internet.
Tu familia comenzó a preocuparse. Perdiste el trabajo, nadie estaba para además de dejar pasar tu ineficiencia, amargarse la vida escuchando tus reflexiones. Rápidamente caíste en el siquiatra, quien deseaba averiguar si tú serías el salvador del mundo, el nuevo cristo que nos redimiría de las arañas, aunque tu modestia y la conciencia ante la incomprensión te salvó de una de las características de la paranoia. De todos modos el diagnóstico fue lapidario, y terminaste internado. Verte en ese estado era terrible, ya que en la clínica sólo pedías que te ayudaran a salir de ahí, que las arañas vendrían en cualquier momento a silenciarte, en un delirio verdadero. Nadie podría creerte ya.
Sin repelente, y drogado, no pudiste tomar los habituales cuidados. Miraste con horror como diez arañas se subieron esa noche por tu cuerpo, sin que pudieras hacer otra cosa que gritar, con las manos y los pies amarrados. Ellas se deleitaron en hacer el recorrido con su habitual lentitud y comenzar sólo un par de mordidas por los pliegues más recónditos de tu cuerpo. Al día siguiente amaneciste muerto, y tu familia no quiso saber de autopsia, pidiendo que no la hicieran. Nadie podría haber soportado que tus miedos fueran ciertos.
Me enteré de todo esto revisando tus cuadernos, tu blog en internet –ahora lleno de comentarios-. Habías tomado la precaución de ser donante de órganos, por lo que supimos con horror que tu cuerpo estaba contaminado con veneno al no poder realizarla. Entonces fui a revisar las cintas de la clínica, donde está la verdad de tu muerte, y la ironía de haber fallecido por ser, no sé si demasiado inteligente o cobarde, pero sí el único capaz de ver el peligro. O tal vez no eras más que un ser con más miedos que el resto y el miedo no perdona, nos hace concientes de la amenaza.
Ahora que tengo toda la verdad, o tal vez sólo una de las verdades que está tras el desarrollo de los acontecimientos y que algunos después llamarán historia al contarla de una manera totalmente distinta –como ven todos la realidad-, entiendo que no soy como tú. No sabría como rebatirle a un médico, buscar las pruebas, mostrar la conspiración de las arañas y hablarle al mundo de que estamos en peligro para cuidarme cada vez más de ellas, que seguramente nos entienden, han aprendido de nosotros y me perseguirían haciendo del mundo un lugar lleno de enemigos donde el blanco soy yo.
Por eso he decidido quemar tus cuadernos, y tomar silenciosamente todas las precauciones necesarias para pasar inadvertida para ellas, evitando ser una más de sus víctimas por el mayor tiempo posible. El resto en realidad, no es mi problema.

miércoles, agosto 10, 2005

Comunicación Mass Media


Prende la televisión. Se tira en el sillón cansada de tantos platos sucios, demasiada limpieza, de ese orden de todos los días desde hace ya casi cinco años. No quiere pensar, sólo sumergirse en la pantalla del televisor. Un canal, otro y otro: deportes, el chavo, noticias y una vieja teleserie.
A medio país de distancia un sobreactuado animador habla. Pero el primer plano de un rostro demasiado conocido le aprieta el estómago, recordándole la existencia de su cuerpo. La cámara huye, buscando las expresiones de los otros concursantes que conmoverán a los espectadores, emocionados en sus casas frente al juego de quienes pueden ser ganadores de más de cinco minutos de fama y de algún dinero.
Ella sólo quiere estar segura, ver de cerca ese rostro que durante tantos años la conmovió. Respira y puede visualizar en su mente cada una de sus facciones, recuerda el olor de ese hombre que amó cuando la vida aún estaba abierta a las posibilidades y las sorpresas que finalmente nunca llegaron. O que tal vez ella misma cerró. Ahora estaba ahí, escapando unos minutos a su rutina de atender marido, cuidar hijos y no tener sueños, solo planes.
Se concentra con ansiedad en la televisión para comprobar si puede ser posible pero la pantalla es esmera en el público con sus gritos destinados a guiar a los concursantes, se mueve para mostrar a los tres competidores con el set de fondo, muestra los dedos entrecruzados de alguno de ellos - ¿serán las suyas?-. Y el animador anuncia la última oportunidad para desequilibrar el empate, grita, hace vociferar al público y la televisión suena más fuerte mientras ella tiene la certeza de que cuenta con sólo unos segundos para cambiar su historia deponiendo los años de distancia, para dejar atrás la nostalgia que lleva clavada y que cada cierto tiempo le reclama develándole la inercia de tanta vida hecha sin ganas. Siente que ahora puede, ahora que él existe y está ahí, en su televisor. Ella podrá cambiar la historia.
Toma el teléfono. Consigue el número de producción. Se comunica con una voz que le dice que está prohibido entregar información sobre los concursantes y que no podrá entregar su mensaje al competidor. Ella dice gracias con apenas un hilo de voz mientras un timbre anuncia el final del concurso y de su ilusión de cambiar, que aún era posible un viraje en su vida. La cámara le regala un primer plano de ese rostro querido, que le revela su pena. Ahora un desconocido celebra su triunfo en un abrazo que la pantalla exhibe, acerca cada vez más para centrarse en la felicidad y dejar atrás para siempre a los perdedores.

Pantalla a negro


(Cuento)


Habíamos terminado dos años orientados a obtener resultados exitosos en las elecciones parlamentarias. Y lo logramos. Pero esa mañana comenzó mal para mí. Mi jefe era uno de los intendentes a los que le solicitaron la renuncia, vendría una DC en reemplazo, yo me quedaría sin trabajo, y sin ninguna idea de dónde obtener uno nuevo. El equipo de confianza pensaba igual, los servicios públicos estaban copados y habría nuevos directores y seremis, lo que hacía más inestable todo.
Con mi ex jefe fuera, partí a un evento preparado para él: la apertura del paso Pircas Negras, que comunicaba a Atacama con La Rioja. Menem llegaría con Cecilia Bolocco al paso fronterizo, para cumplir una vieja promesa antes de las elecciones.
Partimos de madrugada. Conducía el Quique, fóbico al volante. Hernán, el fotógrafo y Mauricio, el estafeta, formaban el resto del equipo. Me dormí, mientras la tensión reinaba luego que la inexperiencia del Quique comenzaba a notarse. Desperté gracias a un movimiento brusco, el abrazo impetuoso del cinturón de seguridad ciñéndome con la fuerza que ningún hombre tuvo jamás conmigo, salvándome de salir expelida. Nos estábamos volcando, no podía ser posible, pero era. No grité cuando la camioneta cayó al suelo. Seguí pensando, dudando si estaba preparada para la muerte.
Infinitos segundos viendo negro, fuera de la realidad, pero conciente y luego fue como abrir los ojos: volvió la imagen. Y sentía mis piernas, los brazos, y el dolor. Traté sin éxito de safar el cinturón. La cabina rozaba mi cabeza, los de atrás estaban bien, sólo con algunas heridas. Con ayuda, corté el cinturón de seguridad. Mi cuerpo cayó sobre mi cabeza, comprobando la eficiencia de la ley de gravedad. Recogí la cartera y salí gateando por la ventana del conductor.
Éramos los últimos y no teníamos radio ni señal de celular. De pronto pasó una camioneta como de los ’60. Su conductor, luego de informarse de lo ocurrido, nos invitó a su majada, un lugar colla donde el agua permite el cultivo de hortalizas, y el cuidado de las cabras.
Minutos después estábamos en la majada, en una casa precaria en medio de la cordillera, construida de tablas dispares, piso de tierra y agua almacenada en tambores. Las mujeres de la casa se esmeraron en atendernos y preparar un almuerzo lo más urbano posible para sus víveres. Escapé para fumarme un cigarro. Miraba a las cabras, los niños jugando entre medio, esa gente viviendo así.
No podía olvidar esa pantalla a negro, era como si no pudiera recordar algo, o se me escapara un pensamiento importante, clave. Debí haber visto mi vida, esa película rápida y no todo negro, qué tonto haberme quedado ciega. ¿Sería que no había nada importante que ver al enfrentarme a la muerte? ¿Tan frágiles e insignificantes eran mis recuerdos?
Reflexioné sobre qué me podía mantener viva: hijos, madre, no tenía pareja, en el trabajo la misión estaba cumplida y no tenía ningún proyecto que me llamara. Mis hijos podrían vivir con su padre, sí, me extrañarían; para mi madre tampoco sería fácil pero mi hermana tendría que mantenerla. En mi puesto estorbaba, y un par de bonitos recuerdos en el amor no pesaban demasiado. Sentía afecto hacia varias personas, pero nada que me aferrara. Balidos, silencio en el camino. ¿Era feliz?
Me refugiaba en la vida social de jóvenes profesionales bebiendo happy hours cada tarde. Había cambiado demasiadas veces de amigos y enemigos, y era blanco de críticas y maquinaciones propias del poder. Aceptaba todo ese mundo y sus extraños códigos como algo natural. La mayoría de mis nuevos amigos me debían sus trabajos, me había transformado en alguien conveniente.
Me pregunté si esos collas serían felices. Qué duro cada uno de sus días, tanto trabajo para alimentarse, seguir a las cabras, abrigarse para no morirse de frío. Nunca sabría si eran realmente felices, o seguían la única forma que conocían de vida. Llevaban sus arrugas profundamente marcadas. Toqué mi piel, lisa, cuidada.
Yo no podía vivir como los Collas, pero tampoco encontré sentido en lo mío. Sentí tan liviano aquello que antes era importante, como llegar a ser jefa, ganarme el respeto correspondiente a la cercanía con mi ex jefe, cursar un magíster, y otros etcéteras. Había estado tan viva hasta entonces, a cien por hora, gozando por lo que salía bien, mover bien las piezas, poner la realidad de nuestro lado. Pero eran demasiadas relaciones superficiales, donde un paso en falso costaba caro. Las relaciones definían quién eras, y tus socios siempre contando puestos como piezas para mover al servicio de la próxima campaña.
El negro, no ver nada. ¿Por qué estaba viva? ¿Por qué esta nueva oportunidad? Miré los cerros, el camino, un vehículo que venía de vuelta y comprendí que estaba todo bien, que el mundo de los últimos años se terminó abruptamente en esa camioneta girando y cayendo de cabeza, o de cabina para ser más exacta, sin dejarme llegar para ser la productora de los actos importantes, para que Menem y Bolocco hicieran su espectáculo sin mí, y, en cambio sólo ver esa pantalla negra y no las imágenes idílicas de mi vida que habría deseado.
Luego de la Mutual, camino a casa, pasé por la plaza, a tiempo para ver a Menem y Bolocco con 3.000 copiapinos ávidos de farándula, de lejos, como una espectadora más. Estaba fuera.
Cinco días después cursaron mi renuncia. Gran parte de mis compañeros emigraron, otros amigos se quedaron para olvidarse de mi número y los restantes en el extrañamiento interno de quienes pertenecieron a otro círculo de confianza.
Desde la cama, aún pensaba en los collas y la pantalla a negro, con la sensación de despertar de esos últimos años. No sería fácil lo que vendría, pero ese tropezón en la cordillera me enseñó la serenidad del distanciamiento, me mostró lo esencial que faltaba en mi vida, y me juré que cuando la muerte volviera a buscarme vería las mejores imágenes, para eso estaba viva.

Naderías


(Cuento escrito en mi etapa adolescente)

- No sabes qué desperdicio tengo en el alma- tarareaba con fuerza esa canción de Los Tres mientras miraba pasar otro vehículo.
- Me relaja mirar cómo se mueven las ruedas de los autos – dijo interrumpiendo la melodía para dirigirme unas palabras, casi a modo de explicación. Un verdadero regalo si se tomaba en cuenta que era la primera frase después de aproximadamente 20 minutos de silencio.
- No entiendo esa fascinación tuya por algo tan inútil como pasar horas tirados en la acera por nada. Detesto esa forma de perder el tiempo, sobre todo después de ese maldito que intentó arrollarnos con su camioneta.
- Tú y la cobardía son una pareja inseparable- masculló casi riéndose para luego agregar- y como tú ya lo sabes, si no te gusta, te vas.
Y ahí murió el único diálogo posible. Así que había silencio como para otros quince minutos. Pero eso no importaba: era parte de nuestra relación. Sólo pesaba que la noche era fantástica, como mi borrachera y la de él, llevándonos por esa sensación de cercanía irreal con las cosas, de la pérdida de esa noción de realidad y uno, de objeto y sujeto. Y aunque a nuestra equivocada manera lo estábamos disfrutando, no lográbamos salir de la agresividad, de las constantes estocadas que inevitablemente dejaban paso al silencio. De esos que molestan, tensos, disimulados sólo por alguna canción.
- No tengo nada nuevo que decirte – dije prendiendo un cigarro más – pero me es imposible continuar sin hablar. Necesito moverme. Vámonos a un bar, donde haya un poco más de alcohol, o por último a uno de esos moteles de mala muerte que logramos pagar. Ya no soporto esta posición de idiotas anclados en esta acera.
- Por qué mejor no te mueres.
- Porque no lo haría sola – le respondí.
- La misma razón por la que ahora estás aquí. Qué tonto ¿verdad? Te ata eso que se contradice con tu voluntad y que siempre te lleva a seguir conmigo.
Demasiada dura la cuchillada como para responder. Así que opté por lo más sano: me paré y me fui. Pero él también estaba atado, como me lo demostró al rápidamente alcanzarme y provocar el choque de mi cuerpo contra la pared. El, estrujándome en un beso forzado que no tardé en responder.
- Tú y yo estamos condenados. Vamos en lo mismo aunque no lo alcancemos a comprender – me dijo un rato más tarde, irremediablemente borracho en un bar donde tomar costaba poco y encontrarse con alguien con ganas de pelear, aún menos.
- ...estamos en los mismo...¿ en qué?
- En nada. Precisamente en nada. En esta estupidez de amor barato del que no podemos salir a pesar de los ataques constantes. En vivir sin imaginar futuros, sin seguir causas, ni siquiera la propia o la que podríamos llamar nuestra. Eso que se traduce en tus manuscritos jamás terminados, tu incapacidad para llegar a un fin. Y ni siquiera somos originales en todo esto.
Sí, pensé. Tenía razón. Como pocas veces era sincero para herirnos con una verdad y no simplemente disparar. Ahí estábamos, en nada. Estudios, carrete, el nosotros, lo teníamos todo –hasta el instinto- pero por una inentendible razón todo esto significaba para nosotros nada. Que es equivalente a decir que seguiríamos ensayando formas para, entre tanto, continuar pasando el tiempo.

lunes, agosto 01, 2005

La maldición de los domingos


Hoy es domingo. Quizá por eso te escribo, porque es la mejor forma de encontrarme contigo ahora a la distancia. Hace mucho frío, las cosas son tan distintas sin tener que preocuparme de los almuerzos juntos, en un departamento que necesita más gente, pero que termino soportando al compás del control remoto.
Decidí no ir a misa. Nunca pensé que fueras católico, como iba a imaginarlo después de haberte visto siempre en tus tiempos de universitario renegando contra las clases de teología, denunciando que la filosofía tomista o neotomista era insuficiente para nuestra formación profesional, con tu larga lista de transgresiones como beber y beber, consumir drogas y otras tantas barbaridades en las que estabas sumergido cuando te conocí. Nunca me importó que a todas luces mostraras ser un pastel. Lo contrario a un buen partido, con un discurso de izquierda, transgresor, ideológicamente renegando del exitismo y de tantas otras yerbas. Me conquistaban tus discursos, tu mirada limpia acompañada de una sonrisa seductora que me sedujo por esos años, cuando saliste por primera vez a convencerme de besarte y que me quedara a tu lado. Y me quedé. Por tantos años, más de diez.
Tal vez la ocasión en la que más me sorprendiste fue cuando apareció tu cuasi catolicismo, a la hora de tomarnos en serio esto de la institución llamada matrimonio y dejar a todos contentos con juramento en la iglesia, vestido blanco yo, tu frac, etc.
Queríamos un cura que fuera diferente. La iglesia fue fácil: una capilla pequeña pero con toda la majestuosidad que tienen esas construcciones que logran plasmar en sí mismas los 2.000 años de historia. Pero no encontrábamos al sacerdote. Hasta que una amiga me habló del cura de San Joaquín. Estaba a cargo de una pastoral juvenil, tenía un discurso progresista y una forma de entender el catolicismo que nos permitía hablar con soltura.
Todo iba bien, concertamos las charlas sin problemas y hasta habíamos asistido a la tercera cuando nos dio el golpe de gracia. El nos preguntó por nuestra asistencia a misa y le dijimos que jamás íbamos a misa los domingos porque nos complicaba el panorama, era más difícil cocinar y realmente descansar. Además, las iglesias estaban más llenas y ninguna quedaba cerca de donde vivíamos –que entre paréntesis era el mismo edificio en un piso diferente que el de mi departamento de soltera- Entonces tomó un tono de predicador evangélico de televisión y con voz profunda, exacerbado, como combatiendo al peor de los pecados nos dijo que teníamos que ir a misa los domingos. Nos miró y juro que vi un destello de furia en sus ojos ante nuestra moderna y sacrílega forma de ir a misa, y entonces nos maldijo: les digo que no les va a ir bien en su matrimonio si no van a misa los domingos.
Algo pasó ahí. Fue un trizarse de nuestra relajada forma no sólo de ir a misa, si no que también de pololear, preparar durante dos años el matrimonio con la confianza de nuestra destinación a casarnos y envejecer juntos. Creo que durante todos esos años jamás habíamos visto que alguien pudiese pensar y menos predecir un fracaso nuestro.
Fue peor que la imagen del infierno. Decidimos cambiar de sacerdote pero no pudimos olvidar su maldición. Durante el resto del noviazgo hicimos hasta lo imposible por llegar a misa los domingos. Nos conseguimos la programación religiosa de todas las iglesias cercanas y renunciamos a los carretes muy largos para no faltar a la cita. Aunque llegáramos atrasados al recibir la bendición final sentíamos un extraño alivio. Era una semana para respirar más tranquilos.
Durante el primer año de casados y aún en la luna de miel continuamos repitiendo este nuevo rito. A pesar de las peleas, de la tensión, aprendí a descubrir que seguías siendo lo más importante para mí cada vez que deponías la rabia y me llamabas a la paz, yendo a la misa.
La primera vez que volviste a tomar y llegaste borracho un sábado en que salías con tus amigos, pensé que era sólo un hecho fortuito. Que si decías que no tenías valor para levantarte e ir a la misa dominical no era un gesto importante. Pero en realidad hoy pienso que fue el gran signo de que ya no te importaba tanto cuidar lo nuestro. Y vinieron más sábados de borracheras, peleas domingueras contigo sin desayunar, empeñado en dormir y no oír reproches de una mujer herida por ese espacio que abrías para ti solo, para tener un lugar al que yo no me podía asomar, por primera vez en todos estos años.
No aguantamos mucho los crecientes reproches, los silencios, las discusiones a veces por dinero, por el hijo que no nos atrevíamos a concretar. Tu necesidad de ir agradando ese espacio tuyo donde yo no podía entrar. Comencé a ir sola a misa y a rezar por nosotros.
Pero Dios no puede meterse en el corazón de los humanos, o tal vez fue la maldición de los domingos, o simplemente el desgaste, otros intereses que se manifestaron como un signo de tu desinterés por neutralizar la maldición de los domingos. Así que un sábado tomaste finalmente tu maleta. Yo preferí no mirarte cuando te despedías, sin lágrimas, conteniéndome un grito de pena y rabia que me aguanté.No es fácil la vida sin ti. No es fácil entender qué pasó. Tal vez hoy las claridades no estarían mal, tengo unas pocas mientras me recompongo y comienzo a armar mi nuevo destino pero al menos tengo una: ya no necesito ir a misa los domingos.