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martes, diciembre 06, 2005

Grupis tras el escenario


Estaba en el show ese de Leal que les contaba en el post anterior. Mi ubicación era absolutamente privilegiada para cualquier grupi, ya que detrás del escenario puesto en plena calle habían cerrado con unas vallas papales lo suficiente para que la van donde estaban los artistas quedara aislado del público –mayoritariamente de admiradoras- que buscaban un autógrafo, una foto o un beso de sus artistas favoritos.
Cada cierto rato los de la van habrían muy levemente la cortina, que dejaba ver una mano que saludaba o algo así tras los vidrios polarizados. Las fans trataban de pasar a la gente de seguridad, pero siempre las sorprendían y volvían a retirarlas tras las rejas.
Salió uno de los artistas y fue a saludar a su público, autógrafos, fotos, etc. De pronto vi con asombro como una vecina de Cristian se le colgaba del cuello, a pesar de la valla en un abrazo hiper apretado y una de esas caricias a la cara que sólo se dan quienes tienen algo en común.
El fue a buscar un cd, compartieron números, se volvieron a abrazar y ella se fue. A ver el espectáculo, o a su casa a esperar la llamada, no lo sé. Siguió el desfile de artistas y lentamente ellas lograron ingresar al lugar. Una muy joven me pedía que la ayudara y finalmente le dije la estrategia y la dejé instalada en otro sector del escenario donde ya no la iban a poder sacar. Pasó conmigo, así que nadie esa vez la detuvo. Después fue un lío de seguridad cuidar a los artistas, ya con tanta grupi suelta era difícil que salieran cuando terminó la función. Los abrazaron, les dijeron cosas al oído, me imagino que alimentaron muy bien el ego de todos ellos.
La grupi a la que ayudé a entrar estaba feliz, tenía fotos, los autógrafos hasta del sonidista, y una cara de felicidad que me sorprendió. Lo que me llama la atención de las grupis es esa fascinación hacia su ídolo, en este caso hacia artistas que en lo personal a mi no me llaman la atención. Seguramente varias de ellas sentirían como un trofeo estar con ellos, o compartir una cama. Tal vez como si algo de esa fama se les traspasara en el contacto, o una especie de amor bastante curioso y que tiene que ver con la magia de aparecer en televisión.
Pensaba en mi foto con Bosé, al cual admiro, rompiendo un poco el rol que siempre he seguido incluso con artistas, escritores e intelectuales que me conmueven y admiro, porque generalmente sigo una línea de mantener la distancia y establecer una relación lo más normal posible, tratando de no ser una fan. Claro, el caso de las fans y especialmente el de las grupis es especial.

miércoles, noviembre 02, 2005

Una tumba donde dejar una flor


En el norte, una de las preocupaciones de quienes deben dejar los pueblos que mueren junto a yacimientos que se agotan o a actividad minera que deja de ser rentable, es qué hacen con sus muertos. Los potrerillanos, que dejaron el cementerio, peregrinaron hacia el viejo cementerio.
Pienso en mi madre, que cada año desde que vive en Copiapó busca una tumba abandonada, de una niña, para dejarle flores en nombre de su hija que murió a los cuatro años y que yace en Melipilla, en el mausoleo familiar. El desarraigo muchas veces tiene que ver con no tener una tumba donde dejar una flor en el día que todos lo hacen.

miércoles, septiembre 21, 2005

Nazis en Copiapó


He visto en los medios de comunicación regionales – aunque también vi una nota anoche en 24 horas central de TVN- como con cierta preocupación y hasta sorpresa cubrieron una marcha que realizaron diversos sectores en contra de las acciones que grupos neonazis están realizando en Copiapó. La marcha respondió a lo que los manifestantes han catalogado como ataques continuos de integrantes de estos grupos a jóvenes y travestis que se encuentran en las calles durante la noche, especialmente punks, lanas y algunos marcadamente de izquierda.
La verdad es que esta no es la primera marcha de este tipo, el año 2003 hubo una, convocada por una agrupación anti nazis. Si desempolvaran de los archivos algunas notas de ese año, se encontrarían con varias sorpresas e incluso un tiempo antes, con la publicación de noticias sobre travestis golpeados. Recuerdo que uno de ellos – que terminó en el hospital regional producto de la golpiza- señaló que sus victimarios eran neonazis.
En esa época trabajaba en el Diario Atacama y comencé a inquietarme por el tema. A ciencia cierta, sólo he podido reunir algunos antecedentes vagos. Uno de ellos fue la visita de uno de los líderes del partido neonazi, quien fue a solicitar una entrevista en nuestro medio de comunicación, acompañado del dirigente local. En ese entonces el dirigente nacional usaba el pelo casi rapado, muy corto, mientras me llamó la atención el largo pelo del dirigente local, que lo acercaba más a la estética de un trash que a la de un seguidor de este tipo de secta.
Los nazis querían hablar de su irrupción en la arena política, en esto de darse a conocer, ser identificados y de las ideas que los estaban animando. Como periodista pensaba en si debía darle cobertura a un heredero del pensamiento nazi, con lo peligroso que podían ser, si eso era bueno para la sociedad. Pero mi fe en el periodismo, en la libertad de las personas para informarse y conocer lo que estaba pasando y la importancia del registro, fue mayor que mis dudas respecto a si era preferible no darles el espacio y de esa manera no ayudarlos a visibilizarse. Así que hicimos la entrevista, revisamos temas prácticos, como la constitución del partido en Copiapó, donde según me dijo el dirigente nazi se trataba de la ciudad de donde habían recibido más contactos –realizados a través de internet- y que pensaban que sería la segunda ciudad de Chile con mayor número de adeptos. Eso me preocupó.
Revisamos también otros temas, como el holocausto, lo que hoy piensan de Hitler, de la arena política, de la violencia, los pobres y los pueblos originarios. La verdad es que todo fue políticamente correcto, y había que escarbar con mucho cuidado para encontrar las contradicciones, así como si consideraban que Hitler fue un asesino por qué lo admiraban y rescataban su pensamiento.
Más allá de ese episodio, me preocupó como el líder local terminó cambiando su pelo largo por la cabeza rapada, como se multiplicaron algunas banderas bordadas en chaquetas, y la aparición de nuevos grupos con bototos, cabezas rapadas, que circulan de día por lugares como la galería ubicada frente al Liceo Comercial. Una noche de sábado pasé por el Paseo de la Cultura, donde había una tocata de rastas –considerados como escorias también por los nazis- , se escuchaba el reggae y varios de ellos con sus pelos con drewlove, gorras de lanas con colores estaban adentro, mientras afuera los esperaban un grupo de neonazis con cadenas. Esa noche, hasta donde sé, no pasó nada.
Hay una serie de jóvenes que se juntan en las noches, y tienen sus círculos: góticos –suelo envidiar esa estética de las mujeres que les permite usar tules negros, plush y otros que me habría encantado lucir de joven- punks, rastas, entre varios más que desarrollan su música, leen “Las Flores del Mal”, y que saben de la existencia de estos otros que los amenazan. Pero parece que el mundo adulto está tan ajeno a lo que están viviendo en las calles, en sus diversos establecimientos educacionales, en sus mundos, que hoy los sorprende una marcha de esta naturaleza, sobre todo si pensamos que el tema tomó mayor visibilidad después de un reportaje de Informe Especial sobre los neonazis en Chile y el asesinato que cometieron de un adolescente.
Me parece que hay que poner más olfato a lo que sucede por ahí, a quienes simplemente viven sin tener ninguna idea de cómo organizar una conferencia de prensa o un evento para llamar la atención de los medios de comunicación.
Yo, al menos, he quedado sorprendida con el grado de preparación de algunos de estos nazis, al menos de aquellos que se pueden leer en su página web institucional, sobre todo como están reciclando las nuevas ideas. Por ejemplo, confesándome una seguidora del pensamiento de Humberto Maturana leí con horror como utilizaban parte de su teoría para justificar sus doctrinas. Movimientos que es necesario mirar, ya que si no sabemos donde empiezan, menos podremos saber donde terminarán.
Sobre todo en un país donde el resentimiento puede ser un caldo de cultivo propicio para este tipo de ideología, basta sólo con mirar las cifras de distribución de la riqueza, las inequidades del sistema educacional, la difícil tarea de abrirse oportunidades en un país donde los apellidos y las relaciones suelen pesar más que los méritos y donde la política masiva con su profesionalización, su dependencia del mass media, le han quitado parte de esa función de movilidad social que cumplió durante el siglo XX y que es tan necesaria para nuestro país.
El sistema es violento con los jóvenes y a veces es muy duro para ellos darse cuenta del mundo en el que viven. Una violencia que se puede devolver en grupos que los hacen sentirse especiales, elegidos, con una clara misión y que los integran en una sociedad donde no es fácil sentirse parte de algo. Los medios de comunicación, en este sentido, no deben ser meros registradores de sólo los que son capaces de hacerse notar y mirar más allá, buscar en otros lugares que le permitan dar cuenta real de lo que ocurre en los diversos sectores de nuestra sociedad.

martes, julio 05, 2005

Testigo del Aluvión

“Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros, de desengaños a las nostalgias más tenaces”
Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad

Era la tarde del 18 de junio de 1991. Salíamos del casino de la Universidad Católica del Norte. Soplaba un viento tibio, que mientras caminábamos bajo el techado pasillo hacia la entrada principal hacía sonar el pizarreño de una manera inusual, que a mi compañero le recordaron las últimas líneas de Cien Años de Soledad, donde un aire tibio iniciaba el final de Macondo. Y mirándome a los ojos, jugando, predijo sin querer las horas de horror que vendrían.
Llegamos al departamento y nos encerramos con unos cuantos compañeros a estudiar para la prueba del día siguiente. Cuando comenzó la lluvia, salimos a festejar el extraño fenómeno, sobretodo los sureños que extrañaban el sonido y el sabor de las precipitaciones. Media hora más tarde, la alegría se transformó en preocupación cuando comenzamos a dimensionar que se trataba de una lluvia que la ciudad a todas luces no aguantaría. Un tímido hilo de agua, primero, y luego un verdadero río bajaba de la calle que nos comunicaba con la de más arriba. Y es que estábamos en una ciudad irregular, que se acomodaba a una geografía llena de cerros. El edificio en el que vivíamos, hacia la calle, correspondía al primer piso, pero desde sus espaldas se trataba en realidad del quinto piso.
Eramos como diez estudiantes, que nos transformamos en los defensores del edificio. Construyendo diques, ayudando a los vecinos de abajo a desalojar sus muebles, mientras nuestro departamento se inundaba y con decenas de colchones apilados albergábamos a varias de las familias de los pisos inferiores en las piezas menos inundadas. Dicen que fueron tres horas de lluvia y lloviznas, pero para nosotros fue una noche larga, en la que casi no dormimos. Faltaba poco para que amaneciera cuando comenzamos a escuchar la radio – a pilas- donde informaban de un aluvión que en el sector norte, el más pobre, había aplastado una casa y se hablaba de ocho muertos. Especulaban con daños mayores, pero no había aún fuentes oficiales.
A las ocho de la mañana, como estábamos, sin posibilidad de bañarnos ya producto de un corte de agua y también de luz, partimos a la universidad. Las clases estaban suspendidas. La Federación de Estudiantes solicitó ayuda solidaria y nos dirigimos a la Intendencia, mientras otros fueron a sus respectivas pensiones.
En la Intendencia, la instrucción fue brutal para los cientos de estudiantes que habíamos acudido al llamado. Pedían pasar a un lado a los estudiantes de las carreras ligadas a la medicina, ya que necesitaban voluntarios capaces de recoger muertos. Entonces sentimos la catástrofe como una bofetada. Nos devolvimos a la Universidad. En la federación de estudiantes se organizaban cuadrillas que partían a las poblaciones, algunos con palas, otros sólo con sus manos.
Me subí a un furgón donde el presidente de la federación, Luis Díaz, junto a otras personas hicieron un recorrido para organizar los trabajos y entregar alimentos. Nos paramos en una planicie llena de barro, en lo más alto del sector norte. Desde ahí veíamos el mar, café en la orilla, azul más adentro. No sabía donde estaba, no recordaba un sector así en Antofagasta. Sólo pude comprender cuando me explicaron que la planicie era producto del aluvión y que estábamos pisando el barro que había cubierto muchas viviendas, y presumiblemente también estaban ahí los cuerpos de los atrapados por la avalancha de piedras y lodo.
Un escalofrío recorría mi cuerpo. Sentía un tanto atontada las noticias por radio que me llegaban como si fueran muy lejanas acerca de los muertos, que a cada rato aumentaban, los llamados de las autoridades a la calma, el anuncio de que el corte de agua sería bastante largo. Ya no podía sentir más, en ese estado me enteré que estábamos aislados, las dos entradas a la ciudad estaban destruidas, y recordé que debía comunicarme con mis padres, que seguramente estarían muy preocupados en Copiapó. No había posibilidades de teléfono, y la comunicación se estaba realizando sobre todo por radio-aficionados que más tarde comenzaron a llegar al departamento para preguntar sobre nuestra salud. La televisión también estaba cortada ese primer día, pero a ciencia cierta no sé cuánto tiempo permaneció con problemas debido a que la vida se nos alteró de tal manera, que olvidamos los detalles de la normalidad como sentarnos a ver televisión. Ver la tragedia en pantalla sospecho que tampoco habría sido demasiado alentador.
De vuelta en la universidad me enteré que muchos estudiantes estaban en las poblaciones del sector alto, que los muertos eran cerca de cien, que fueron 45 milímetros que en tres horas también habían enterrado las casas de miles de antofagastinos. No había conversaciones largas, más bien informaciones rápidas que compartíamos de la devastación.
Rodrigo, el solvente del departamento gracias a que era abogado de impuestos internos, nos contó que los servicios públicos estaban todos destinados a auxiliar a la población. Por su carácter deportivo, decidió repartir agua en un camión aljibe. Robinson, nuestro otro compañero de departamento, se había dedicado a agrupar a una cuadrilla de compañeros, y con palas y tarros colaboraron en las cercanías de Los Salares. El “Cani” no quería hablar de eso, pero a alguien le contó que había visto como el barro arrastró a una mamá con su hijo en el bloque de departamentos conocidos como “El Caliche”.
Dormí unas horas, por fin, con uno de los cansancios más extremos que he sentido en mi vida. No pude dormir más de dos horas. La actividad seguía en el departamento. Comenzamos cerca de las diez de la noche a organizar la vida en la emergencia. Las velas no alcanzarían para mucho, no teníamos donde almacenar agua y ya sabíamos que el corte de agua sería muy largo, así que habría que limpiar los baños con agua de mar. Había quedado sólo un camarote utilizable, y nuestras mercaderías eran exiguas. El casino, donde nos alimentábamos la mayoría, estaba suspendido temporalmente, pero confiábamos en el compromiso de la federación de asegurar la comida para los voluntarios. Estaba el fantasma del desabastecimiento que comenzó a notarse primero con las velas, los pequeños negocios subían a precios estratosféricos un paquete, aunque se hablaba que dentro de los próximos días lograrían habilitar una de las salidas a la ciudad, permitiendo que ingresaran mercaderías.
Comenzamos a salir diariamente al barro, a sumergirnos en él, a luchar para sacarlo. De vuelta, al atardecer, aprendimos a bañarnos con dos o tres tazas de agua, y con tres más a lavarnos el pelo para sacarnos los restos del lodo. La ropa quedaba inutilizada y los zapatos, tiesos con una velocidad que ningún bolsillo, menos el de los estudiantes, habría soportado.
Era la devastación. En el centro de la ciudad el barro llegaba a la mitad de las casas, algunas habían comenzado a usar las ventanas como puertas, mientras se veían autos enterrados, autos abollados, o restos de autos en diversas calles. El sector de Villa Los Salares era aún más desolador, con un luto que se sentía a cada cuadra, a cada casa. El silencio era uno de los signos del desastre, y la anormalidad del barro, del que muy pocos lograban escapar. Supongo que incluso nuestros perfumes cambiaron y todos olíamos un tanto a humedad, a sudor, a cansancio, a desastre.
Fui a una de las poblaciones más dañadas muchos días seguidos. Caminábamos sobre el barro, mientras veíamos a nuestra altura los techos, con suerte las ventanas. Con Roxana me estacioné a ayudar en una casa que tenía sólo cerca de treinta centímetros libres de barro. Ella me decía que en realidad lo que estábamos haciendo no tenía sentido práctico, si no más bien moral, ya que esa vivienda como muchas otras no podría volver a ser habitada. Era más bien acompañarlos en su dolor, decirles con nuestro gesto que no estaban solos.
Pero el barro bajaba. Aparecían los muebles, y una señora de edad nos contaba que se habían salvado de milagro porque sintieron un ruido y salieron a mirar y vieron el agua y el barro cerca y arrancaron mientras ya no pensaban en su vivienda, si no en los vecinos y en los gritos que jamás olvidarían.
En las noches a pesar del cansancio nos juntábamos a tomarnos unas cervezas. Fue el primer signo de retomar la normalidad. Mientras pasaban cosas más o menos impresionantes, una niña rescatada del barro que recorrió en el aluvión media ciudad y que luego se encontraba con su madre, Samuel, un compañero, encontró un cadáver cuando ayudaban en una casa, y un voluntario murió producto de una descarga eléctrica.
Robinson y su cuadrilla desenterraron una botillería y en agradecimiento, el dueño de casa les obsequió un par de vinos que fueron muy valorados. Fueron días terribles, donde los cientos o miles de estudiantes comenzaron a tener callos en sus manos, incluyéndome, tal vez la más sutil de las miles de cicatrices que quedaron tras esta tragedia. Lentamente los días comenzaron a ser más normales, con la llegada del agua, la apertura de una de las entradas a la ciudad, el decreto de vacaciones de invierno adelantadas para los estudiantes, muchos de nosotros volvimos a nuestros hogares de origen aunque sabíamos que a la vuelta no retornaríamos a la misma ciudad que dejamos atrás antes de que el viento tibio comenzara a soplar y la lluvia cayera como granizo, pero al menos los voluntarios sentíamos que con nuestra presencia habíamos vencido la soledad del dolor de quienes sobrevivieron a la tragedia y perdieron tanto.